miércoles, 2 de enero de 2019

Llegan los plásticos biodegradables, sin desechos tóxicos y reciclables

 
La proliferación de plástico en el planeta es un problema medioambiental de primer orden, de modo que resulta ineficaz apelar a la conciencia y la moralidad a fin de perseguir un comportamiento ascético o monacal respecto a su uso. Si queremos atajar el problema de raíz sin incidir en el nuestro nivel de vida, hay que buscar atajos tecnológicos.
 
Eso es lo que han hecho investigadores de a Universidad de Tel Aviv y cuya investigación al respecto ha si publicada en la revista Bioresource Technology

Nuevo plástico

Un nuevo polímero desarrollado a partir de microorganismos marinos que se alimentan de algas se ha empleado con éxito para fabricar plásticos biodegradables, sin desechos tóxicos y reciclables. Los investigadores aprovecharon los microorganismos que se alimentan de las algas para producir un polímero bioplástico llamado polihidroxialcanoato (PHA).
Según uno de los investigadores de este nuevo plástico, Alexander Golberg, de la Escuela de Ciencias Ambientales:
Una solución parcial a la epidemia plástica son los bioplásticos, que no usan petróleo y se degradan rápidamente. Pero los bioplásticos también tienen un precio ambiental: cultivar las plantas o las bacterias para hacer que el plástico requiera suelo fértil y agua dulce, del que muchos países, incluido Israel, carecen. Nuestro nuevo proceso produce 'plástico' a partir de microorganismos marinos que se reciclan completamente en desechos orgánico.
Según Golberg, el nuevo estudio podría revolucionar los esfuerzos del mundo para limpiar los océanos, sin afectar las tierras cultivables y sin usar agua dulce.
Ahora estamos realizando una investigación básica para encontrar las mejores bacterias y algas que serían más adecuadas para producir polímeros para bioplásticos con diferentes propiedades.

Este es el primer material sintético que, a medida que se estira, gana grosor

Existen materiales en la naturaleza que exhiben estas capacidades, denominadas auxéticas, como la piel de gato, la capa protectora en las conchas de los mejillones y los tendones en el cuerpo humano, pero es la primera vez que se crea un material sintético con estas propiedades, es decir, que se vuelve más grueso, a nivel molecular, a medida que se estira.
 
Los creadores de este material han sido investigadores de la Universidad de Leeds.

Auxéticos

Los auxéticos también son excelentes para absorber energía y resistir fracturas. Puede haber muchas aplicaciones potenciales para materiales con estas propiedades, como armaduras corporales, arquitectura y equipos médicos.
El equipo descubrió el material, aún sin denominación, mientras examinaba las capacidades de los elastómeros de cristal líquido. Los cristales líquidos son más conocidos por su uso en pantallas de teléfonos móviles y televisores y tienen propiedades tanto líquidas como sólidas. Según explica Deves Mistry, de la Escuela de Física y Astronomía de Leeds, y autor principal de la nueva investigación:
Este es un descubrimiento realmente emocionante, que tendrá importantes beneficios en el futuro para el desarrollo de productos con una amplia gama de aplicaciones. Este nuevo material sintético es inherentemente auxético en el nivel molecular y, por lo tanto, es mucho más simple de fabricar y evita los problemas que generalmente se encuentran con los productos de ingeniería. Pero se necesita más investigación para comprender exactamente cómo se pueden usar.

Descubren en Brasil una red de termiteros del tamaño de Gran Bretaña y son tan antiguos como las pirámides

 
Cubren un área del tamaño de Gran Bretaña y tienen unos 4.000 años de antigüedad. Así es el termitero más grande que se ha encontrado y que se halla en el noreste de Brasil.
 
Según un nuevo estudio que se publica en Current Biology, los montículos, que son fácilmente visibles en Google Earth, son el resultado de la excavación lenta y constante de los insectos de una red de túneles subterráneos interconectados.

Una obra magna

El examen de esta obra gigantesca nos arroja cifras difíciles de imaginar: 200 millones de montículos en forma de cono, cada uno de aproximadamente 2,5 metros de altura y 9 metros de ancho.
 
Los montículos estaban ocultos por la vegetación, y solo podían verse cuando algunas de las tierras fueron despejadas para pastos en las últimas décadas. Según explica Stephen Martin, de la Universidad de Salford, en Reino Unido:
Estos montículos fueron formados por una única especie de termitas que excavó una red masiva de túneles para permitirles acceder a las hojas muertas para comer de forma segura y directamente desde el suelo del bosque. La cantidad de suelo excavado es de más de 10 kilómetros cúbicos, equivalente a 4.000 grandes pirámides de Giza, y representa una de las estructuras más grandes construidas por una sola especie de insecto.
Los montículos se crearon hace entre 690 y 3.820 años, lo que los hace tan viejos como los montículos de termitas más antiguos que se conocen en África. Un mapa de feromonas podría permitir a las termitas minimizar el tiempo de viaje desde cualquier lugar de la colonia hasta el montículo de desechos más cercano.
 
 
Con todo, todavía quedan muchas preguntas por resolver. Por ejemplo, nadie sabe cómo se estructuran físicamente estas colonias de termitas porque nunca se ha encontrado una cámara reina de la especie.
Es increíble que, en esta época, se pueda encontrar una maravilla biológica 'desconocida' de este tamaño y edad aún existente, con los ocupantes todavía presentes.
Las termitas crean extensos laberintos subterráneos de túneles, y expulsan todo el suelo que no necesitan a la superficie. El proceso es lento y gradual, pero las termitas lo han estado haciendo durante milenios. Son más como una fuerza geológica que un organismo. Al igual que los ríos o glaciares esculpen el paisaje a su alrededor, también estos pequeños insectos esculpieron esta obra magna en Brasil visible desde el espacio.
Las 2.600 especies de termitas que existen en el mundo constituyen el 10 % de la biomasa total del planeta. Si queréis saber más sobre ellas, podéis leer algunas de las singularidades más extraordinarias de ellas que resaltamos hace un tiempo.
 

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Música y su relación con el rendimiento

 
Muchos estudios consultados demuestran las ventajas de escuchar música en el trabajo, ya sea animada o instrumental. Un estudio en Canadá reveló que en las semanas en que los trabajadores escuchaban música, éstos eran un 20% más rápidos. Los sonidos melódicos ayudan a motivar la secreción de dopamina en el área de recompensas del cerebro, lo que traduce en mejorar el humor, la autoestima, la predisposición y tiene ventajas para mejorar la salud..

Otro estudio que se llevó a cabo en un banco británico demostró que, al escuchar música animada, el rendimiento de los trabajadores era un 12,5% superior que cuando no la escuchaban. .

Por lo que se refiere a la concentración, según los expertos, las canciones instrumentales son excelentes para concentrarse, entre 15 y 30 minutos de escucha suelen ser suficientes..

Según el estudio “The effect of music listening on work performance” (en castellano, “Los efectos de la música sobre el rendimiento en el trabajo”), de la investigadora Teresa Lesiuk (University of Windsor), que acaba de ser publicado por revista “Psychology of Music” (PDF), escuchar música en el trabajo tiene un impacto positivo sobre el rendimiento de los trabajadores, si se cumplen determinadas condiciones..

 
Hay personas que mejoran su rendimiento cuando se escucha la música adecuada, la que les gusta, a la vez que realizan una tarea en el trabajo. Su cuerpo, al escuchar música, genera una sustancia llamada dopamina, lo que ayuda a eliminar estrés y a asociar el trabajo con algo que valoran positivamente. No siempre funciona, hay excepciones y no vale poner música de cualquier manera, pero, según el trabajo llevado a cabo por este equipo investigador, la música puede ayudar a conseguir mejores resultados en entornos profesionales. .

 
Según el estudio, no todas las personas reaccionan igual ante la música, por lo que existen casos en los que ésta puede tener un efecto en sentido contrario. Hay personas que no son más productivas en un ambiente en el que suena la música. La edad parece que también influye en el rendimiento del trabajador, siendo los de menor edad los que mejoran más cuando hay música mientras realizan una tarea, mientras que en los de mayor edad tiene menor impacto. .

Por otra parte, no todos los puestos de trabajo son iguales y no se puede extender a cualquier profesión o a cualquier tarea. Por ejemplo, no deben escuchar música en el trabajo aquellas personas que desempeñan determinadas profesiones de riesgo, en las que también necesitan estar concentrados pero también disponer del oído a pleno rendimiento para evitar accidentes.

 Si damos cierta credibilidad a estos estudios citados desde el departamento de RRHH podemos recomendar su utilización como elemento ambiental, previa selección y consulta con los grupos de trabajo, y probar sus resultados en algunos indicadores de productividad. Algún cuestionario de satisfacción tras su implantación puede ser útil.

No es fácil disponer siempre del ambiente óptimo de trabajo, así que dejar que los trabajadores escuchen su música para concentrarse y trabajar mejor, no es algo descabellado. Sea a nivel individual, que cada uno se ponga lo que quiera, o sea a través del hilo musical (no será fácil combinar los gustos de todo un equipo). No está de más al menos intentarlo y darle una oportunidad a la música y decir en el centro de trabajo aquello de Tócala otra vez, Sam.

La web musical Deezer ha reunido estos datos en una infografía, y ha creado dos playlists especiales para quienes deseen hacer la prueba y escucharlas mientras trabajan:

Playlist para pleno rendimiento
http://www.deezer.com/es/playlist/588529565

Playlist para concentración
http://www.deezer.com/es/playlist/588529315

lunes, 19 de noviembre de 2018

Un simple abrazo puede reducir significativamente el estrés y evitar que enfermes

Si alguien ha tenido un mal día o ha sufrido algún tipo de conflicto estresante en el trabajo o en el día a día, basta con que un buen amigo le dé un fuerte abrazo para que el estrés se reduzca, según sugiere un nuevo estudio publicado en Plos One.


Un abrazo antes de que se desahogue

Un compañero viene a desahogarse contigo: ha tenido un mal día. ¿Cómo puedes consolarle? ¿Invitándole a una cerveza? ¿Dejando que hable sobre el problema? No está mal, pero en la lista quizá habría que incluir darle un abrazo.

Es lo que sostiene Michael Murphy, un psicólogo de la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh: si las personas que reciben abrazos regularmente pueden gestionar mejor el estrés y los conflictos.

Algunos investigadores han argumentado que muchas de las conductas que utilizamos para apoyar a otras personas que están estresadas podrían ser contraproducentes porque estas conductas podrían comunicar involuntariamente que esas personas son competentes para gestionar el estrés.

Murphy y su equipo entrevistaron a 404 hombres y mujeres todas las noches durante dos semanas. Durante estas entrevistas, a los participantes se les hizo una simple pregunta de sí o no, si alguien los había abrazado ese día, y una simple pregunta de si o no sobre si habían experimentado un conflicto o tensión con alguien ese día.

También se les hicieron preguntas sobre sus interacciones sociales, cuántas interacciones sociales tuvieron ese día, y respondieron preguntas sobre estados de ánimo positivos y negativos.

Del mismo modo, cuanto más a menudo abrazaban las personas, menor era la probabilidad de caer enfermo, incluso entre personas que con frecuencia tenían interacciones tensas. En otras palabras, tanto el apoyo social como los abrazos evitan el debilitamiento del sistena inmunitario.

Curiosamente, el apoyo social puede ser beneficioso tanto para el donante como para el receptor. Investigadores en UCLA
escanearon los cerebros de los participantes mientras sus parejas recibían descargas eléctricas junto a ellos. Si los participantes tomaban la mano de sus compañeros durante el experimento, se activaban las regiones cerebrales asociadas con la atenuación del miedo. Este hallazgo indica que ofrecer apoyo social a través del contacto físico les permitió enfrentar mejor la experiencia estresante. Murphy sí añade esta advertencia:

"Nuestros hallazgos no deben tomarse como evidencia de que las personas deberían comenzar a abrazar a cualquiera que se sienta angustiado. Un abrazo de un jefe en el trabajo o un extraño en la calle no se puede considerar consensuado ni positivo."

 
 
 

jueves, 8 de noviembre de 2018

No pasa nada, se puede



No se llama Asun, pero da igual. O a lo mejor es verdad que se llama Asun. Podría llamarse de cualquier modo. Nació en un pueblo de Extremadura. Es morena, con el pelo largo. Muy eficaz en su trabajo. A los diecipocos, sin demasiados estudios ni perspectiva laboral alguna, se casó con un hijo de puta que a los pocos meses, cuando quedó embarazada de su primer hijo, empezó a pegarle. Todo fue a más con el paso del tiempo: palizas, maltrato verbal, reproches que ella encajaba con sumisa resignación. Qué otra cosa podía hacer, me cuenta. Estaba educada para eso. Para aceptar que él tenía razón porque traía el dinero a casa, y yo no era nadie: la que cocinaba, planchaba y paría hijos. En plural, pues ya teníamos el segundo. La que lo necesitaba a él para vivir, y le estaba obligada en todo. ¿Dónde iba a ir, si no? Sin él no era nada. Eso era lo que yo misma me decía mientras soportaba aquello. Él me daba un hogar, y sin él no era nada.
Asun recuerda todo eso por algo que ocurrió hace unos días. Y para entenderlo hay que saber lo que le pasó antes. Yo sé lo que pasó, pues la conozco hace veinticinco años, así que no necesito que me lo cuente otra vez. Sé del infierno que vivió atemorizada, indecisa, atrapada en la trampa sin poder, o creyendo que no podía, valerse por sí misma. Denunciar a un marido, en aquel tiempo y en su ambiente, era algo impensable. O dejarlo. Ni se le pasaba por la cabeza. Incluso creía, de buena fe, ser culpable de cuanto ocurría. Hasta que al fin, después de otra paliza, incapaz de soportar más, cogió a sus dos hijos pequeños y se fue. Primero al pueblo, con sus padres. Después buscó una casa y un trabajo. Algo humilde, claro, pues a los veintiocho años no tenía preparación para nada, o eso creía ella.
Hizo un poco de todo. Fregó suelos, lavó platos, sirvió en cafeterías, pintó paredes. Poco a poco fue pagando el alquiler, la luz, el agua, las cosas de los críos. Empezó a salir adelante. Llegaba a casa destrozada a las tantas, y entonces se ocupaba de lavar, planchar, cocinar para sus hijos. Los ratos que tenía libres, agotada, se sentaba a ver Sálvame o uno de esos programas frívolos. Era una mujer curiosa, sin embargo. No le interesaba la política, no votaba, pero leía algunos libros, novelas sencillas que iba alineando en los estantes de su casa. Trabajo, televisión, algún libro. Los críos crecieron, empezaron a ser ellos mismos. También Asun creció y fue ella misma. Afirmó sus ideas, su visión del mundo. Aprendió a gozar de la soledad tanto como de la compañía. Tuvo un novio, buena persona, que quería casarse, o vivir juntos, pero ella se negó. Había aprendido. Descubría libertades insospechadas, y estaba a gusto con ellas. Nada de volver atrás.
Al fin, su trabajo se estabilizó. A fuerza de constancia, competencia y honradez, consiguió seguridad social y salario fijo. Una situación razonable, primero, y estable al fin, que le dio la tranquilidad necesaria. Los hijos volaron solos. Siguió con su tele los fines de semana, con sus novelas –románticas, históricas– de vez en cuando, siempre que no fueran muy pesadas. Pudo ahorrar y viajó un poco. Y un día, al mirarse al espejo, se estudió con extraña curiosidad, cayendo en la cuenta de que aquella joven tímida y asustada, la que creyó depender de un hombre para toda la vida, hacía tiempo que se había desvanecido para dejar sitio a la que ahora la contemplaba desde el espejo. Una mujer distinta. Madura, serena. Libre.
Y me cuenta, al fin, lo del otro día. Cuando estaba en su coche esperando a su hija y observó que en otro aparcado cerca un hombre le pegaba a una mujer joven. Discutían y él le pegaba. De pronto se vio allí otra vez, treinta años atrás. Salió del coche sin pensarlo. Salió, me cuenta, corriendo hacia ellos. El hombre la vio venir, arrancó el automóvil y se fue con la mujer a la que maltrataba. Y recordándolo, Asun se queda pensativa y al fin encoge los hombros. No iba a hacerles nada, dice. Sólo quería contarle algo a ella, a la mujer. Asomarme a la ventanilla y decirle: «No pasa nada, vete. No tienes por qué aguantar. Te aseguro que no pasa nada, de verdad. Si de verdad quieres, puedes irte. Yo lo hice, y te juro que se puede».
 
Tras contármelo, Asun encoge otra vez los hombros. Siente no haber llegado a tiempo para decir eso a la mujer: «No pasa nada, chiquilla, se puede. No es el fin del mundo, sino el principio del mundo». Después me mira y mueve la cabeza. «Lo mismo puedes escribirlo tú, ¿no?… Puede que así lo lea ella, o alguna otra. Quizá de esa manera oigan lo que quise decir».
 
Y bueno. Aquí me tienen ustedes. Escribiéndolo.

Idiotas sociales



Hace poco, una jovencísima estudiante española colgó en Twitter una fotografía suya, vestida con unas ceñidas mallas negras y un top que en realidad era un sucinto sujetador de medio palmo de anchura, con el siguiente texto: Mi colegio es un retrógrado de mierda, me han echado de una clase por ir así vestida y echando la culpa a que luego se escandaliza todo por que no veas como estamos con que si miran las tetas y el culo xdddd putos retrógradxs. Y, bueno. Como ocurre en las redes sociales, eso dio lugar a muchos comentarios; unos a favor, solidarizándose con ella, y otros en contra, poniéndola de tonta y bajuna para arriba. La chica no era de las que se arrugan, y se defendió como gato panza arriba; si no con prodigios de sintaxis ni ortografía, sí con mucho aplomo, sin disminuirse un palmo. Y, en mi opinión, ahí estuvo lo interesante. En sus argumentos.
La idea general era que ella no había hecho nada malo. Que enseñar el cuerpo en clase no sólo no era malo, sino que era positivo: Claro que hay menores en el instituto y muy pequeños/as, pero ahí esta el error, al menos bajo mi punto de vista; si no se les enseña desde pequeños a normalizar un cuerpo en general.. que se lo vas a imponer con 20 años. Ésa fue una de las respuestas a sus detractores: normalizar el cuerpo. Lo argumentaba con la honrada convicción de estar en lo cierto y defender sus derechos ante mentes estrechas, anticuadas, viejunas. Apelaba a la libertad individual, a la necesidad de que la sociedad cambie sus puntos de vista, al ineludible futuro. Para ella, sentarse entre sus compañeros de ambos sexos con tres palmos de cuerpo desnudo al aire y una tirita de tela en torno al busto era un acto de libertad que ningún reglamento escolar tenía derecho a vulnerar. Mi cuerpo es mío y lo enseño donde me parece, era el asunto. Para la próxima me pongo uno más corto y pantalones mucho más cortos; no es mi problema que ustedes sexualixeis algo que es normaaaaallll,zanjaba irreductible, utilizando además con razonable soltura el punto y coma, algo poco frecuente en chicos de su generación.
La cosa me dejó un raro malestar: la certeza de que hay cosas en las que la sociedad europea, occidental o como queramos llamarla ahora, ha perdido el control de sí misma. Quizá sea difícil explicarlo y habrá quien no lo comprenda; pero creo que, sobre los razonamientos de esa chica, lo que inquieta es el aplomo con que los formulaba. Su seguridad de estar en lo cierto. Paradójicamente, yo habría preferido de ella una respuesta tan bajuna como el atuendo; algo como Me visto así para ir al kole porque me saaaale del chocho. Habría sido, en mi opinión, un argumento tranquilizador, rutinario, propio de una pedorra de baja estofa, de ésas que la telebasura consagra como modelos a imitar. Lo que me desazona es que la chica en cuestión razonaba bastante bien, aplicándose argumentos probados para otros menesteres y que a un joven de su edad deben parecer irrebatibles: libertad, orgullo, modernidad, cambio, futuro. Que alguien con mínimo sentido común pudiera preguntarle, como réplica, si ella iría a comer a un restaurante donde los camareros sirvieran en tanga, o se casaría con su novio yendo ambos en bragas y calzoncillos es lo de menos. Lo grave es que esa jovencita creía tener razón. Por eso me estremeció su aterradora honradez argumental. Y también me dio escalofríos comprobar –tendrá unos padres que la vean vestirse así para el instituto– que mucha gente comparte su opinión. Es, para entendernos, una idiota no intelectual sino social. Una idiota con argumentos, apoyada por otros idiotas, igualmente honrados, que la aplauden y justifican.
 
Asusta, y a eso iba, la ausencia de remordimientos, de complejos, de sentido del decoro o el ridículo. La ignorancia de que a veces, con determinadas actitudes, se falta el respeto a los demás. Ocurre como con el patán que el otro día, en un avión, no contento con ir en pantalón corto mostrando los pelos y varices de las piernas, se quitó las sandalias y me impuso sus pies descalzos como repugnante compañía durante dos horas y media de vuelo. Si me hubiese vuelto hacia él para ciscarme en su puta madre, me habría mirado con asombro, sin comprender. Era otro idiota social, inocente como tantos. Incapaz de verse en un espejo crítico y comprender lo que es y lo que simboliza. Sobre ese particular, recuerdo que un amigo maestro llamó la atención a un alumno por escupir al suelo en clase y éste replicó, sorprendido: «¿Qué tiene de malo?». Mi amigo me dijo que se quedó bloqueado, incapaz de responder. «¿Qué podía yo decirle? –comentaba–. ¿Cómo iba a resumirle allí, de golpe y en pocas palabras, tres mil años de civilización?».