Publicado por Arturo Pérez-Reverte el 24 de mayo de
2015 en "XL Semanal", son de esos artículos que me parece que no
pierden valor con el tiempo. Y si no, recuérdenlo.... ahí os lo dejo.
Hace unos días hubo una noticia que pasó tristemente
inadvertida, o casi, para la prensa española. Y eso es malo, pues se trataba de
una noticia importante; de las que tienen que ver con nuestro presente y, sobre
todo, con nuestro futuro. La cosa era que un cartel con la imagen de una modelo
publicitaria ligera de ropa, denunciado por miembros de la comunidad musulmana
de Brick Lane, en Londres, seguirá en su sitio después de que el organismo
regulador de la publicidad británica desestimara las protestas de un sector del
vecindario, que consideraba el anuncio ofensivo para quienes frecuentan las
mezquitas de esa zona, donde vive una amplia comunidad que profesa la religión
islámica. Aunque la imagen de la modelo es «sensual y sexualmente sugestiva»,
admite la resolución, tampoco va más allá de eso, ni tiene por qué ofender a
nadie, pues «encarna la clásica belleza y femineidad» que ha venido siendo
representada por el arte occidental hace siglos. Así que, quien no quiera, que
no mire. Y punto.
Me pregunto, con una sonrisa esquinada y veterana,
fruto de los años y la mucha mili, qué habría ocurrido en España, en caso
parecido. O qué es lo que va a ocurrir en cuanto se dé la ocasión. Me lo
pregunto y me lo respondo, claro; y más en un país donde incluso hay
oportunistas y tontos del ciruelo -sin que una cosa excluya la otra- capaces de
ponerse a considerar muy serios, con debates y tal, las protestas de ciertos
colectivos musulmanes porque las procesiones de Semana Santa, puestos a citar
un ejemplo fácil, recorran las calles españolas ofendiendo la sensibilidad
religiosa islámica. Etcétera. Aquí, no les quepa duda, siempre habrá un
organismo regulador de la publicidad, o una televisión, o una asociación de
derechos y deberes, o un juez sensible a la delicadeza de sentimientos
mahometana, que llegado el caso decida que, en efecto, la libertad en lo que
llamamos Europa -aunque a algunos nos dé la risa llamarla así todavía- acaba
allí donde empiezan los derechos, el fanatismo o la gilipollez de cuatro gatos
a los que, de este modo, nuestra propia cobardía e imbecilidad acaban
multiplicando de cuatro en cuatro, hasta irnos todos al carajo.
Y claro. Resulta inevitable preguntarse, también con
respuesta incluida, dónde se meten en esta clase de debates las ultrafeminatas
radicales que tanto las pían con otras chorradas de género y génera: las de las
asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas, por ejemplo y por
ejempla. Qué opinan ellas, o sea, de escotes en anuncios o no escotes, y hasta
qué punto coinciden con la censura islámica, o no. Con lo de usar hiyabs,
niqabs, antifaces y trapitos así. Sería útil saberlo más pronto que deprisa,
como dicen las chonis. Y los humos del tren, que los suelten en Despeñaperros. Porque
tiene su guasa esto del anuncio que ofende porque muestra las tetas o las
nalgas de una señora, mientras que, por lo visto, no ofende a nadie que otra
señora pueda meterse en España en un autobús, en una comisaría de policía o en
un hospital enmascarada de pies a cabeza, como un guerrero ninja, mientras el
marido va a su lado con bermudas, chanclas y gorra de béisbol. El hijoputa.
Y es que en Europa
olvidamos, a menudo, que más importante que respetar tradiciones absurdas o
infames es defender a quienes acudieron a nosotros huyendo, precisamente, de la
miseria y el horror que esas tradiciones imponen en sus lugares de origen. Y
que eso se logra con educación escolar y con firmeza institucional frente a
quienes pretenden esclavizarlos, incluso aquí, usando el manoseado y dañino
nombre de Dios. Quien se ofende por un anuncio en un cartel publicitario se
ofenderá también cuando por su calle, por su barrio, se cruce con un escote,
una falda corta, un cabello sin velo o un rostro sin tapar. Y actuará en peligrosa
consecuencia. Quien pretende aplicar maneras medievales de entender la vida,
mientras se beneficia de un sistema de derechos y libertades que a otros costó
siglos de dura lucha conseguir, no tiene derecho a imponer su voz ni a reclamar
respeto. La Europa moderna tragó dolor y sangre para librarse de púlpitos,
velos, gentes de un solo y sagrado libro, pasos de la oca y fanatismos de todas
clases. Somos demasiado mayores, ya, para que vengan otra vez a taparnos el
escote o las ideas. Así que la solución es muy simple, Manolo, Mohamed o como
te llames. Si no estás dispuesto a asumir nuestras reglas, chaval, si esto te
ofende, coges un avión y te vas al desierto de Arabia, o del Sáhara, donde las
tetas de las camellas no ofenden a nadie. Y allí te pones ciego de dátiles.

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