Creo haber dicho
alguna vez que, cuando ya no puedo aguantar más este lugar al que algunos
llamamos España, procuro mirarlo a través de una biblioteca a fin de comprender
y hacer soportable, al menos, su enfermedad social, su vileza histórica y su
continua desgracia. Quiero decir que recurro a los libros como explicación y
como analgésico, y eso alivia mucho. Consuela, y ya es algo, pues la
comprensión de las cosas ayuda a encajarlas. Sin embargo, hoy me pillan ustedes
dándole a la tecla con la guardia baja, y debo confesar que cuando digo eso de
la biblioteca no soy sincero del todo. Hay otros métodos analgésicos más
elementales, querido Watson. Alguno es peligroso, porque tiene dos direcciones:
lo mismo puede consolarte que cabrearte más. Pero así es la vida. Me refiero a
ir por la calle, mirar y escuchar. Apoyarte en la barra de un bar y tender la
oreja. Buscar la parte divertida, entrañable a veces, de lo que somos. O de
cómo somos. Y eso, que tantas veces nos condena, nos salva otras. Cómo no vas a
querer a estos fulanos, me digo a veces. Malditos españoles de las narices.
Cómo no los vas a querer.
Les cuento la
penúltima. Después de varios días de mar y cielo echo el ancla en Formentera
frente al Molí de la Sal, cinco metros de sonda y treinta y cinco de cadena, en
un fondeadero magnífico que en invierno siempre encuentro desierto, pero que en
verano se pone durante el día hasta las trancas. Estoy sentado en la popa
leyendo por enésima vez Juventud de Joseph Conrad, y de vez en cuando
alzo los ojos y miro alrededor, el va y viene de veleros y barcos a motor, las
maniobras impecables de quienes saben lo que hacen y las chapuzas patosas de
los domingueros irresponsables, como ese imbécil que llega, larga cinco metros
de cadena hasta que el ancla toca el fondo, y acto seguido embarca en la zodiac
con la familia y deja el barco a la deriva, pues garrea poco a poco y va siendo
empujado por el levante hacia el mar abierto. Y yo miro alejarse el barco con
objetiva curiosidad antes de volver a Conrad. Que se joda, pienso pasando una
página. Que se joda.
Entonces ocurre la cosa,
y olvido el libro. Dos pequeñas motoras menorquinas con bandera española llegan
juntas y fondean una cerca de la otra, próximas a mí. Las dos cargan a bordo
familia, mujer, suegra, cuñados y niños. Como ocho o diez en cada barco. Una ha
echado el ancla demasiado cerca de la proa de un yate inglés grande y lujoso,
de esos que llevan media docena de marineros uniformados a bordo, y varios de
éstos se asoman a decirle al de la lanchilla que está demasiado cerca, y que
con el borneo se les puede ir encima. Se lo dicen a gritos, en inglés. Por
supuesto, el de la motora –barriga cervecera, bermudas hawaianas, gorra
fosforito, y estoy seguro de que se llama Paco, Pepe o Manolo– no habla una
palabra de inglés, pero entiende los ademanes. Y ahí sale la raza. «Ni que os
lo fuera a romper», les grita. Y luego, como los otros insisten y gesticulan,
mientras tira de la lengüeta de una lata de cerveza les aclara jurídicamente el
asunto. «Éstas son aguas españolas, y yo fondeo donde me sale de los cojones».
Los marineros
ingleses siguen protestando. El dueño del megayate, un fulano gordo con el pelo
blanco, su señora –supongo– y dos criaturas jóvenes se han asomado a ver qué
pasa. Y todo el grupo, dueño, familia, marineros, increpa desde la borda al
español, que pegado a ellos, erguido en la popa de su lanchilla, impávido
mientras su legítima abre los tuperwares y reparte bocadillos a la familia, se
rasca los huevos con una mano y bebe cerveza con la otra mientras les dice a
los súbditos de Su Majestad que no con la cabeza. «Que no, tíos. Que vais de
culo conmigo. Que de aquí no me mueve ni la Guardia Civil».
Pero lo mejor está
por ocurrir. Porque el patrón de la otra motora que fondeó un poco más allá, o
sea, el amigo del de la cerveza, que sin duda se llamará también Pepe, Paco o
Manolo, ha visto la movida, y tras dejar allí a la familia viene solo, remando
en un bote de goma a toda prisa, en socorro de su compadre. Y cuando llega, se
interpone entre la lanchilla y el yate inglés, se pone de pie muy cabreado, y
grita: «Lo que tenéis que hacer es devolvernos Gibraltar». Entonces el amigo de
la lancha le pasa una cerveza, y acto seguido, ante los estupefactos ingleses,
los dos compadres, como si estuvieran en el fútbol, se ponen a cantar: «Soy
es-pa-ñol, es-pa-ñol, es-pa-ñol».
Cómo no
los vas a querer, me digo. A estos animales. Cómo no los vas a querer.



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